Mauricio Macri se puso entre la espada y la pared. Una espada que él mismo ayudó a afilar y una pared que construyó con sus propias manos. La derrota electoral, durísima, en términos históricos, fue consecuencia de sus políticas económicas, sus malas decisiones y casi cuatro años de gobernar un país diferente al que habitan los cincuenta millones de ciudadanos cuya vida cotidiana depende, en gran parte, de lo que él haga o deje de hacer. Mal que le pese, lo que suceda en adelante también es exclusiva responsabilidad suya, hasta el 10 de diciembre o hasta que la situación ya no se sostenga más. A esta altura del partido, al ex presidente en ejercicio de sus funciones le queda una sola medalla para prenderse en el pecho: aquella de ser el primer mandatario no peronista en culminar un mandato constitucional desde hace casi un siglo. Hasta eso está en riesgo bajo la administración macrista.

La jornada del lunes fue, si se quiere, aún más elocuente que la del domingo. La fenomenal devaluación del peso, que llegó al treinta por ciento en un par de horas, sólo tiene comparación con la salida de la convertibilidad. Las tasas de interés se elevaron diez puntos, dándole otra patada en los riñones de la maltratada actividad económica. Sólo por lo que sucedió la mañana de ayer, los índices de agosto mostrarán, en pleno camino a octubre, datos análogos a los peores del 2018, esa crisis que el gobierno asegura había quedado atrás. Hacia el mediodía, el silencio oficial era ensordecedor. Podemos especular si no supo dar una respuesta o si dejó que todo sucediera a propósito, para castigar a la ciudadanía por su voto o porque cree que así configura un escenario electoral más favorable para las elecciones generales. En cualquier caso, su pasividad condenó a decenas de miles a la pobreza mientras incrementaba de forma obscena su riqueza, resguardada en el exterior.

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